Saturday, October 16, 2004

ANTES DEL PARTIDO

ANTES DEL PARTIDO.
Por José Guillermo Ánjel R.

1. Booler había jugado béisbol en los años cuarenta, pero un pelotazo en el codo le había dañado la carrera deportiva. Mi padre tenía los periódicos que anunciaban la baja de Booler de la liga del Sur, llamada la de los federales porque lucían uniforme gris y letras rojas con bordes amarillos. Unos dijeron que fue intencional, que el pitcher de ese día de final de campeonato odiaba a Booler; otros comentaron que ya esperaban algo así. Cuando Booler estaba en el home para batear, sacaba demasiado el codo y bateaba prácticamente poniéndole el brazo a la pelota. Esta última versión la desmintió Booler. El caso es que no volvió a jugar ni a asistió desde entonces a ningún partido. Y el tiempo dejó de pasar para él y la única fecha que reconocía era 1948. Así que todos conocíamos Booler como la momia. Y en verdad tenía cara de estar embalsamado y si no fuera porque cada dos días cambiaba de traje y de corbata, quién sabe qué nos hubiéramos inventado. Quizás que era un muñeco de cera o una aparición. Pero no era así. Cuándo pasábamos frente a él y lo saludábamos, se llevaba la mano al sombrero, lo levantaba un poco y así nos respondía el saludo. Y si le preguntábamos algo, respondía con dos o tres palabras.
-Booler, ¿en qué año estamos?-
-En 1948-.
-Falso, estamos en l957. Te podemos mostrar un almanaque-, le decía yo y los que iban conmigo repetían: “es 1957, Booler, mira los autos”-. Mi padre tenía una camioneta modelo 56 en la que íbamos a casa de mis tíos y a pescar al río. También la usaba para cargar los pantalones que fabricaba en su taller.
-Como quieran, pero es 1948-. La voz de Booler tenía un silbido particular y mi madre decía que quizás tuviera los bronquios malos.
-Nos estás tomando el pelo, Booler-, le decía.
-Es 1948, piensen lo que quieran-.

Booler vivía con una hermana cuarentona que había enviudado de un hombre que fabricaba cerveza. Y como ella no sabía conducir el negocio y Booler tampoco, vendió la cervecería y puso el dinero en el banco. Por esos días los intereses eran buenos y las inversiones en dinero permitían vivir bien e incluso darse lujos. Había terminado la guerra y los muchachos que regresaban querían trabajar y para que hubiera trabajo se necesitaba dinero, así que los bancos llamaron ahorradores para prestar a los que tenían talleres y fábricas. El único que no quiso hacer nada fue Booler, excepto ir a sentarse en una banca del parque para mirar a la gente y mostrar los zapatos italianos que le gustaba calzar. La renta de los ahorros le permitía darse ese gusto. “Y no trabaja porque el codo le ha quedado partido y por eso mueve mal el brazo”, decía la hermana. Pero había trabajos donde mover mucho el brazo no era necesario. Por ejemplo, podía trabajar en el correo vendiendo estampillas o en el almacén de Billy Sullivan, vigilando que los mexicanos no se fueran a robar nada. El almacén era grande y estaba bien surtido y allí compraban no sólo los del pueblo sino los inmigrantes que trabajaban en las granjas haciendo la faena dura: cortar el pasto, sembrar, recoger, cuidar las huertas y los animales. Y como lo hacían bien y rápido, recibían dinero semanalmente y lo venían a gastar al pueblo. Pero alguien dijo que robaban y hubo que poner un vigilante en el almacén de Billy Sullivan. Creo que fue el mismo Sullivan, un hombre amargo como la sal de glauver, quien creo la historia. Sabíamos que odiaba a los inmigrantes porque se parecían demasiado a los pieles rojas, como dijo en una reunión. Mi padre se reía de esto: “Fue que una mexicana se burló de lo que tenía en los pantalones”, le comentó al tío Andy. El caso fue que puso vigilantes en el almacén. Y ese trabajo, que se hacía desde una cabina de cristal donde había una silla, una mesa y una campana, le habría servido a Booler, pero no lo tomó. Él no era un hombre pobre.

En los periódicos que guardaba mi padre, amarillos de tanto estar guardados, había dos fotos de Booler. Una donde aparecía de medio plano con el bate al hombro, esperando la pelota. Se notaba que mascaba chicle o tabaco y le quedaba bien el uniforme y la cachucha. Y otra donde entraba en primera base, estirando la pierna derecha y con el cuerpo casi a ras del piso. Decían que Booler había creado ese estilo de entrada. Esta foto se la habían tomado en el 46, cuando era toda una celebridad. Y esto me llamaba la atención, porque siendo Booler famoso debió tener muchas mujeres, pero no fue así. Ni siquiera en los días de la guerra, cuando no había hombres y las mujeres de la fábrica iban a los bares a beber cerveza y a cantar, Booler tuvo amores con ninguna. Supongo que vivía para el béisbol. Cuándo le pregunté a mi padre porque Booler no tuvo mujeres, se encogió de hombros: “Booler es Booler, me dijo.


2. Empecé a jugar béisbol en el equipo de la escuela. Nuestro entrenador era un hombre que tenía una gran mancha en la cara y al que apodábamos el mapa. Venías dos veces a la semana y nos íbamos con él al campo de la negra Bessie, que era amplio y sin matojos. El alcalde había querido comprar ese campo, pero Bessie pedía mucho dinero diciendo que allí podrían sembrar maíz y fríjoles y hacer una acequia por la que llegara agua del río. “¿Y porqué no siembras tú el maíz y los frijoles?”, le preguntaban. “Porque no tengo edad y Dios me da más de lo que necesito”. La mujer tenía la edad avanzada y, cuando se movía, parecía que fuera a caerse de lado. Sus caderas eran muy amplias, igual que las nalgas. Y las piernas parecían dos troncos de árbol. Cuando muriera Bessie, nos decíamos, le podrían comprar el campo a Jonathan, el hijo de la mujer. Al hombre le gustaba la cerveza y el juego de dados, pero mantenía poco dinero. Y era un sinvergüenza y le gustaba hacer cosas inmundas. “Que no te veamos porque te quemamos el trasero”, le había dicho el sordo Hopkins, que trabajaba en la fundición. ¿Qué cosas inmundas hacía Jonathan? Nunca las definieron bien. Nosotros, los chicos, pensamos que comía ranas o volaba en las noches como un murciélago, que se orinaba en las manos o metía los pies en la sopa. Cuando estuvimos un poco más crecidos, supusimos que miraba bañarse a las mujeres, como nosotros. Pero esto no le hubiera quedado fácil: Jonathan era muy grande, como dos hombres juntos, y más negro que el carbón. Si hubiera puesto su cara en una ventana o detrás de un árbol, lo habrían visto desde lejos.

-Booler, tu podrías entrenarnos y enseñarnos viejos trucos-, le pedí a Booler. Estaba sentado en la banca al lado de la estatua de Washington que habían puesto allí hacía poco y que mi tío Andy dijo que era un atropello porque Washington era del Norte y no del Sur, así que aquí se iba a derretir de calor. Claro que él lo que quiso decir fue que tumbaran la estatua y pusieran en su lugar al general Grant o a un soldado que representara a los del viejo y glorioso ejército. El tío Andy odiaba a los yanquis, con un odio más profundo que ese que crió el pitcher que le dañó el codo a Booler, porque Booler nos dijo “ese pitcher me la había sentenciado”, cuando le preguntamos cómo había sido lo del accidente.
-No soy entrenador-, dijo y se llevó la mano a la corbata que tenía puesta. Era de seda y tenía un barco pintado en la mitad.
-Pero bastaría con unos consejos, tú sabes, cómo entrar con estilo a la primera base o calcular el giro de la pelota cuando hay un bateo por encima y hay que agarrarla en mitad del guante-. Lo miraba a los ojos para que no me mintiera.
-Se me olvidó el béisbol-. La cara de Booler, bajo el sombrero, parecía una gruta. La nariz recta, los ojos chicos, la boca apenas delineada, el mentón afeitado casi hasta ponerse rojo. No mentía Booler. Ya era una momia.

A Booler lo habían puesto Booler los hinchas negros que miraban los partidos de béisbol, que se hacían a un extremo de la bancada. Y como cada vez que salía a batear conectaba de hit por entre primera y segunda, lo que obligaba a tener muy buenos rigth fielders, los negros comenzaban a gritar “¡Booler, Booler” y con ellos los demás. Quizás los negros lo que quisieron decir fue bowler, para descontrolar al lanzador y permitirle a Booler un golpe seco con el bate, pero les sonó booler y así quedó nombrado Booler, que en verdad se llamaba Sam Jerkins, pero con ese nombre no lo conocía nadie.


3. Como a nosotros nos gustaban las mujeres y a las mujeres los beisbolistas, antes de un partido lucíamos el uniforme desde por la mañana. Y salíamos en bicicleta por el pueblo para que ellas nos miraran. Éramos los gallos en el gallinero. A mi me gustaba una pelirroja que se llamaba Angie, que tenía las piernas delgadas pero las nalgas fuertes y a la que en el salón de clase le había visto los muslos, que eran blancos como un queso. Y como sabía que me descontrolaba mirándola, abría las piernas y me sonreía. La emocionaba verme alterado, escribiendo mal en el cuaderno y tratando de mirarla sin que el maestro Spitz se diera cuenta, cosa que era fácil porque el maestro era medio ciego y sólo sabían quién era cada uno de nosotros cuando casi nos ponía su enorme nariz cerca a la nuestra. Decían que había tenido un pasado comunista y que por eso se había venido al Sur. Pero eran mentiras. El hombre lo único que quería era escribir un libro. Mi padre, que oyó leer al maestro unos capítulos, dijo que escribía una novela sobre la ciudad de Chicago. En esa lectura en la biblioteca, estuvo Booler y había asentido todo el tiempo. Y fue extraño que asintiera, porque él nunca había estado en Chicago ni leía libros ni periódicos. “Booler”, decía mi madre, “tiene el cerebro vacío, por eso es que no hace nada”. Sin embargo, Booler se hizo amigo de Spitz y los sábados en la tarde el maestro iba a la casa del ex-beisbolista y allí bebían de ese café amargo que le gustaba a Booler. Nosotros los veíamos en el porche, sentados el uno frente al otro. A veces estaba la hermana de Booler con ellos. Y detrás de ella, Bessie. La mujer dueña del campo asistía los sábados y domingos a la hermana de Booler. Juntas regaban las plantas del jardín, iban a la iglesia y cuidaban los canarios que había en una pajarera. Cuando criaban, la hermana de Booler liberaba a los canarios más viejos. Algunos aparecían muertos después. “Es que los mata la libertad, como a Jonathan”, dijo Angie una tarde que caminaba con ella y hablábamos de los canarios para evitar hablar de nosotros y de lo que queríamos hacer pero nos daba miedo. El padre de Angie tenía una ferretería y se había vuelto famoso por haber matado a un buey de un solo golpe con una llave inglesa. El animal estaba furioso y no hubo otra alternativa. Pero esto no justificaba al hombre, que era realmente un bárbaro. Igual que el sordo Hopkins.

De Angie me gustaban dos cosas, que era apasionada y tonta. Así que le dije que me prestara uno de sus calzones para pensar en ella. Eso lo hacían otros chicos con sus queridas, pero no los pedían sino que los robaban de los alambres donde se secaba la ropa. Luego los botaban al río para que no los pusieran en problemas. “En el río a veces flotan peces de colores”, le dije a Angie para fuéramos por ese camino.
-Mi madre dice que son calzones que roban las mujeres de los mexicanos-, dijo Angie. No supe si se estaba burlando de mí o así disculpaban las madres a los hijos. Ella, como todos en la escuela, sabía de las pasiones que ejercíamos, pero seguro no se lo había contado a su madre. La imagen del padre con la llave inglesa era demasiado fuerte.
-Las mujeres de los mexicanos no roban calzones. No los usan-, le dije.
-¿Y cómo lo sabes? ¿Vas a las granjas para mirarlas?-.
-Lo leí en un libro-.
-Préstame el libro-.
-Es de Booler y a él no le gustan las chicas-.
-¿Qué sabes tú?-. Se puso furiosa y se devolvió sobre sus pasos. Yo seguí hacia el río y allí encontré unas botellas vacíaas de cerveza. Quebré una, tomé un vidrio grande y me puse a mirar el río a través de él.

Al día siguiente, Angie me trajo unos calzones en una bolsa de papel.
-Para que pienses en mi-, me dijo.
-No quiero, tú crees que no sé cosas de Booler-
-¿Entonces cómo sabes que no le gustan las mujeres?- Angie seguía con la bolsa en la mano.
-Bueno, nunca la he visto con una. Nadie lo ha visto nunca-.
-Estoy como las mujeres de los mexicanos-, dijo señalando la bolsa.
-Hoy no quiero pensar en ti-, le dije y salí corriendo. En la tarde pensé mucho en Angie y mi madre creyó que sufría diarrea. “Es que has entrado tres veces y esto no es normal”.


4. El día antes de que fuéramos a jugar el último partido de la serie juvenil, del que saldríamos campeones porque así nos lo había dicho el entrenador, fui al parque para hablar con Booler. Y allí estaba sentado, pero le daba la espalda a Washington. Lucía un vestido verde y una corbata donde había pintada una sirena.
-Me gusta tu corbata Booler-, le dije y detuve mi bicicleta.
-A mi también me gusta-.
-¿Conoces sirenas?-
-Conocí una, en Springfield-.
-Debió ser sensacional. Tú eras beisbolista famoso-.
-No fue sensacional-. Los ojos se le opacaron.
-¿Y por qué le das la espalda a Washington?-. Cuando el tío Andy estaba triste, le hablábamos de Washington y cambiaba la tristeza por toda clase de maldiciones contra los yankis. Nos gustaba verlo maldecir, tenía un gran estilo para hacerlo. Se ponía de pie, arremangaba la manga de su camisa y levantaba el puño. Y en la medida que maldecía, movía el puño cerrado como si fuera un martillo hidráulico. Luego iba y se amaba con su mujer. A Jonathan también le gustaba oír maldecir al tío Andi. Incluso llegó a brindar con una de las botellas de cerveza que cargaba en el bolsillo trasero del overol.
-Los dos nos damos la espalda-, dijo Booler.
-¿Crees que ganaremos el partido?-, pregunté tratando de salirme del berenjenal que estaba creando con mis preguntas.
-No sé de ningún partido-. Y esas palabras de Booler me dieron miedo.
-¿En qué año estamos, Booller?-
-En 1948-, dijo y cerró los ojos. Tenía cara de estar más momia que siempre.

1948 había sido un año terrible para el béisbol del Sur. No sólo le habían partido el codo a Booler sino que los equipos hicieron una mala temporada. Hubo deserciones de jugadores que se fueron al Norte, se habló de dinero sucio en algunos equipos y de ex-soldados que se estaban enloqueciendo después de tres años de guerra. Los nuestros habían estado en los últimos meses de la guerra del pacífico y de lo que hicieron allí no tenían boca. Y algunos lucían manchas en la piel, como el entrenador. Así que haberle preguntado a Booler por la fecha me pareció una mala señal. Tomé mi bicicleta y di algunas vueltas por el pueblo. Todo estaba bien, los negocios, la barbería del señor Cohen, el salón de té donde iba mi madre con sus amigas los días jueves, las bodegas donde guardaban las frutas que cosechaban los mexicanos. No había nada que pudiera certificar que Booler hubiera producido una mala señal, unos vientos encontrados o algo que presagiara que fuéramos a perder el partido. Antes de llegar a casa me encontré con el maestro Spitz. Sus gafas de lentes enormes le daban un aire de pájaro viejo. Tuve que llamarlo y acercarme para que me reconociera.
-Maestro Spitz, si alguien da una fecha equivocada, ¿qué pasa?-.
-Nada, que el otro está equivocado-.
-¿Y a qué fecha estamos?
-Octubre 12 de 1957-, dio el maestro Spitz y se quitó las gafas para limpiarlas. Parecía más joven y menos pájaro.
-¿Y de qué habla los sábados con Booler?-. La pregunta se me escapó de la boca. Todos querían saber de qué cosas hablaban los dos hombres. El maestro sonrió.
-Del clima, de política, de la novela que estoy escribiendo-.
-¿Hablan de mujeres?-.
-¿Qué crees tú?-
-Creo que no. A Booler sólo le gustan las sirenas-, dije y di un pedalazo fuerte y salí rápido por la calle. La tarde ya estaba cayendo y mi madre estaría preocupada. Cuando llegué a casa ella no estaba.


5. El día que jugamos el partido que no nos hizo campeones como había dicho el entrenador sino que fue una fatalidad porque perdimos por 13 carreras a 2, o sea que la señal de Booler resultó tan cierta como el mapa que tenía en la cara el hombre que dijo que ganaríamos y que se hizo humo después de que habló con el director de la escuela, murió Bessie de un ataque al corazón. Estaba en la cocina preparando un pastel y de repente cayó sobre él. Y como Jonathan estaba borracho y dormido, la hermana de Booler fue la que trajo la noticia a casa. Y la única que fue de nosotros al entierro, donde un hombre tocó el saxofón. Esto de que hubiera música en un funeral puso romántica a Angie. Era una tonta.

-Booler, sabías que íbamos a perder el partido-, le dije a Booler, pero esta vez no en el parque sino en el porche de su casa. Su hermana tejía una bufanda.
-No supe de ningún partido-, dijo y se tiró el sombrero hacia delante.
-Señorita Jerkins, no le contó a Booler que perdimos el partido?-
-No-, dijo ella sin levantar los ojos del tejido. Detrás de ella había una mujer mexicana. El maestro Spitz miraba una mariposa con una lupa.
-Hay demasiado sol-, me dije y salí en la bicicleta a todo lo que daban mis pies. Tomé por el camino que conducía al río. Allí encontré a Jonathan apuntando y lanzando botellas vacías a los pescados.

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