Saturday, October 16, 2004

EL DUQUE FUERA DE SUS DOMINIOS

Ensayo
EL DUQUE FUERA DE SUS DOMINIOS.
(Sobre Marlon Brando gordo y Truman Capote enamorado).
Por José Guillermo Ánjel R.

“Y si tengo que darme cabezazos contra una pared para seguir siendo fiel a mí mismo, me los daré”
Marlon Brando.

“Aquí está el incomparable T.C. Nunca hubo nadie como yo, y no habrá nadie como yo cuando yo me vaya”.
Truman Capote.

“Y la noche con todos sus monstruos entraba entonces en danza, entre miles y miles de berridos de sapos”.
Viaje al final de la noche. Louis-Ferdinand Céline

Introito:
Supongo que los hombres gordos (y yo soy uno de ellos) llegan a un momento en que se desbordan, estallan por dentro y al final se mueren a consecuencia de tanta grasa acumulada y mezclada con triglicerios, colesterol, amor contaminado y CO2 proveniente de cigarrillos, vehículos y fábricas en constante producción. Así que es fácil que un hombre gordo se muera. Y creo que también esto le pasa a un hombre flaco, sólo que su muerte es muy triste porque, debido a la falta de exceso, careció de pecados que valieran la pena. De todas maneras, con gimnasio o sin él, haciendo dietas salvajes o comiendo como lo hacía Pantagruel, la gente se muere. Y esa muerte es un certificado más de que estuvimos vivos. Imagino, entonces, a un hombre gordo que va por la calle y de repente se vuelve rojo, se hincha hasta casi volverse redondo y finalmente cae en medio de una multitud que pasa por encima evitando manchar los zapatos o darse un tropezón. Y hasta ahí llega la noticia, si el hombre gordo ha sido un anónimo. Pero si no, como sucederá en el caso de Umberto Eco, Pavarotti, Plácido Domingo etc., de ese hombre gordo hay que hablar. Y esto es lo que sucede en el caso de Marlon Brando, un hombre gordo que tuvo que ver con nuestra educación sentimental, entendiendo por esta educación las distintas maneras que tenemos de sentir y, en palabras de Arthur Schopenhauer, de definirnos a nosotros mismos en un momento determinado, cuando no hay hojas de vida que valgan sino circunstancias.

Marlon Brando, el pequeño dios
Tenía un apellido francés (Brandeau, que se pronuncia Brandó), una neurosis irlandesa que lo hizo propicio al whisky y una figura griega, si es que ésta existe, que luego se convirtió en algo redondo que se parecía a la imagen del hombre burgués de los calendarios que decía “yo vendí al contado”. Los griegos nos engañaron a todos haciendo esculturas de seres andróginos (mezcla de hombre y mujer, con un músculo inexistente en el bajo vientre, que realmente era el empate del torso con las piernas), pero Marlon Brando la tenía, al menos al principio y para las fotos, sobre todo aquella donde aparece al lado de una moto Harley Davison, luciendo una chaqueta de cuero, una cachucha griega y unas botas de policía. Ahí se anunciaba como El salvaje. Había heredado la mezcla de alcohol, testosterona, adrenalina e ira del padre. Y los escándalos de la madre, a la que alguna vez trajo completamente desnuda a la casa de tan borracha como estaba. Quizás estas experiencias le sirvieron para lucirse en Nido de ratas y le certificaron aún más la belleza de su figura, que odiaba precisamente porque era tremendamente bella y todo lo bello acaba deformándose, como predican los sufíes. En ese gran reportaje titulado El duque en sus dominios (1957), Truman Capote certifica la calidad de dios profano y real de Brando: es neurótico, caprichoso, impredecible y con una vida afectiva en continua destrucción. Y ahí el mismo Capote, que también se apagó entre el glamour y el desasosiego, luciendo su sombrero de ala ancha y los cosméticos que ya se le regaban por la cara, lo termina definiendo como el “sueño del soldado”. Todos querían ser bellos e irascibles, iguales a Brando y destruirse como él.
Los dioses, desde Zeus (de donde viene la palabra Dios, Theos), han habitado el desorden. Sólo Apolo no lo hizo y fue un desgraciado eterno porque nunca fue desbordado por una pasión. En este punto, Nietszche es claro: lo dionisiaco (de Dionisos, dios del vino y el desorden) es el preámbulo de todo orden. Se necesita caer muy bajo para reconocer las alturas y vivir en la oscuridad para darle valor al más mínimo rayo de luz. Por esto es propio de los dioses descender a los infiernos (al Tártaro) y perderse allí para su gloria y mito. Y ahora Brando debe andar por allí, en la oscuridad, tal como anduvo por la vida, fuera de sus dominios, seguido seguramente por Truman Capote y Marilyn Monroe, dos dioses menores convertidos en bufones de la corte, en elementos de uso, pero siempre geniales porque acabaron burlándose de todo y la burla es la que salva. Los dioses se caracterizan porque en ellos se aplica el epitafio que Alejandro dumas hijo escribió en la tumba de su padre: vivió como murió, sin darse cuenta. Claro que para el caso de Brando, no sé si la ira y la desmesura si sean un darse cuenta. Y más de la cuenta.

Capote y Brando
Hay cadáveres exquisitos, como el de James Dean, metáfora de la destrucción de Occidente. Y como el de Brando que, definido por Harold Brodsky en The new Yorker, “fue un soldado desconocido, no física sino espiritualmente muerto”, o sea igual a Dean y a la Monroe. Quizás porque era de la especie humana y del color depende. Y porque su belleza que desconcertaba: era la de alguien que siente demasiado y por eso se mueve como un león somnoliento antes de la caza, bello y extremadamente erótico, como escribe Capote. Y lo escribe con la sangre hirviendo: fascinado, alucinado y esclavizado por el personaje que tiene en frente. Capote siempre fue un chico y feo, por eso se vistió de escándalo y buscó amistades que lo odiaran. Sus trajes estrafalarios, el afán de destruir la moral, la necesidad de mantenerse en el umbral del crimen y del abismo, lo hicieron grande y doloroso, odiante y al mismo tiempo un alucinado. Por esto lo desborda Brando, porque era un sujeto que parecía sufrir, pero mentía: sufrían los demás.
Truman Capote siempre fue un escandaloso genial, le venía de su fealdad y de representar al demonio. Por esto de enamora de Brando y trata de destruirlo, pero al mismo tiempo lo admira (entendiendo por admiración esos deseos intensos de ser cómo él, pero él se va y lo deja solo) y lo siente intocable, lejano, no besado de muerte como la Marilyn Monroe de los últimos días, sino imposible de atrapar porque Brando odiaba a sus vecinos, así que era un hombre solo (diseñado para luchar diabólicamente contra él) y perdido, al que no se lo podía mirar de frente a menos que se tuviera una locura como la suya: la del desesperado que convierte su desespero en actuación y entonces dobla sus condiciones histriónicas y rompe con todas las conjeturas. Esto lo supo bien Bertolucci, cuando filmó El último Tango en París, donde Brando va de la muerte a la muerte (de su mujer muerta a las relaciones sexuales muertas) y María Schneider lo asume como un cadáver. Ese salvaje que Truman Capote califica de dios griego (pero que no es un díos sino una multitud delirante unida en una pasta donde se trasluce el genio, el ególatra, el arrogante, el furioso, lo bello, lo culto y lo excesivo) es su amor fallido pero paralelamente un amor inmenso que destruye al destructor. Se sabe que Capote, maquillándose frente al espejo, lloró por Brando. Y como en cualquier novela de Henry Miller, se drogó para no reconocer sus miserias. Y drogado encontró al dragón vencido por la princesa. En algún periódico leí esta nota: “la genialidad está atada a las más dramáticas formas de locura. Brando como Picasso, como Dalí, Brando sobre todo como Truman Capote y James Dean”. Y recordé una frase de Dalí: genio es aquel loco que produce dinero. La memoria es extraña y sádica. Hace aflorar cosas que molestan. Y al mismo tiempo hace sonreír.

Dos películas de Brando
De El padrino no hablo: allí lo único que demostró Brando fue que la mafia es el mejor ejemplo de capitalismo que tenemos, como lo dijo en una entrevista y lo predice bien la película, basada en la novela de Mario Puzo. Quizás por esta razón, porque allí aparece la burguesía emergente con sus valores anacrónicos y sus delirios de grandeza, con sus miedos desmesurados y su moral primitiva, el filme sea ya un clásico, así como es un clásico la novela de Thomas Mann, Los Buddenbrook (que habla de la decadencia de la burguesía tradicional). Pero ahí, volviendo a El padrino, lo único que se ve es un Marlon Brando (ojalá ya los que se llaman Marlon sepan cual es la metáfora que rodea su nombre) que se parece mucho al de los últimos días: enorme, kilométrico, siempre sentado en un sillón de madera dura y siciliana. Obseso, cínico, raro, harto. Y con la voz cascada propia de un dios libidinoso y, por eso asustado, casi impotente. Este Brando, entonces, creo que no lo define bien. Para mí, la definición se da en dos películas. Apocalypse Now y en Don Juan de Marco. En ambos filmes, está presente la locura. En el primero, la demencia en sus fases más trágicas; en la segunda, la locura dulce, la que no genera espanto. En Apocalypse Now, que es una modernización de la novela de Joseph Conrad, En el corazón de las tinieblas, Brando interpreta a Kurz (corto, en alemán), un combatiente de Viet-Nam que habita en lo profundo de un río tenebroso cercado por el horror y el destiempo. Se podría hablar del infierno, pero es algo más: algo como el ennui de Ernest Hemingway cuando miró los cañones de la escopeta que uso para matarse. Un vacío apuntalado con dolores. Y ahí Marlon Brando, el hermoso Brando al que Capote le auscultó todas sus miserias, o como dice, las entrañas de monstruo, se mostró como el dios nietszcheano que era: un inmenso confinado en las oscuridades más atroces. Creo que no se ha producido una película de horror como ésta, porque no es lo que sucede sino lo que se siente habitando la muerte y el temor a los muertos. Y porque la locura está legalizada ya que se ha producido en nombre de la patria, la libertad y la democracia. Pero no es la locura del héroe sino un antivalor: el héroe traicionado, del que habla Borges. Allí no es la batalla contra el otro sino la guerra despiadada contra sí mismo. Es el asolamiento que practican los místicos islámicos, el dolor del que ya no se tiene noción porque hay algo más terrible y es el estado en que se ha caído. Allí el Dalí agonizante hubiera estado en su caldo: él sabía que no le quedaba vida, que se la había gastado hasta el último deseo pero, como la madre de Durero, gritaba para espantar la muerte. Una muerte ridícula, como la que pinta Nikos Kazantzakis en Alexis Zorba el griego, en la que quien agoniza defiende sus posesiones de los ladrones que le espían el momento de morir. ¿Una metáfora del final de los imperios? Me gusta el Brando que hay en ese filme porque se lo ve furioso pero al mismo tiempo sentado en cuclillas en un rincón y vencido, como en el apartamento de El último tango en París. Allí, entre los delirios de la guerra y la soledad de un ser vencido, Brando representa esta frase de un poema de Stefan George, el poeta antinazi: salía el sol y ya no había ningún paisaje.
En la segunda película, donde el contrapunto un actor que también actuó de vampiro y de productor de malas películas (siendo además el último soporte de Béla Lugosi, el intérprete de Drácula), Marlon Brando hace de psiquiatra que cree en la realidad fantasiosa del enfermo que atiende. Allí ya está gordo y Capote ya no existe para amarlo y odiarlo. Su cara es la de un díos gordo (como Dionisos, pero menos borracho). Y ese dios gordo, como dice un personaje de Jorge Amado que debe ser Dios, pues el infinito es gordo y es gorda la eternidad (esto es algo que le debe molestar mucho a los dietistas), se entretiene con los delirios amorosos de su paciente. Y juega con él como la muerte que juega ajedrez con el caballero en El séptimo sello. Las movidas son lentas, al azar, inquietantes y a la par seductoras. Hay un Brando en calma, difícil de diseccionar. Por esto me gusta, porque le da razón a Nietszche en su teoría de lo dionisiaco y lo apolíneo: después de la destrucción sólo es posible el orden.

Brando y el fin
En las novelas clásicas siempre hay un contrapunto, ese personaje contrario al principal que lo justifica y engrandece. En el caso de Brando, fue un clon de él que quedó mal hecho: se llamó Mickey Rourke y los cronistas cinematográficos de The New York Times (ese periódico que dice lo que le da la gana porque si lo dicen ya es una verdad) lo definieron “como el heredero directo de Brando”. Y eso acabó con Rourke, porque intentó habitar los infiernos de Brando y al final se perdió por esos laberintos. Pero quedó algo: la imagen-doble de un Marlon Brando vencido, representado por una versión triste, una de esas copias falsificadas que dan rabia. Rourke fue un mala representaciópn, pero igualmente la última aparición-versión de Brando que ya no consumía vodka como si fuera aire (uso la expresión de Capote en El duque y sus dominios) y apenas si tenía palabras para desahogar sus iras. Ya quedaba poco de El salvaje y su moto grande, que salía con mujeres lindas y feas, flacas y gordas a las que nunca quiso, porque el amor es para sentir en el momento y no para guardar y menos para hacer contratos, como dijo. Y en ese fin, como dicen que pasa en todos los fines (puede ser una gran mentira, pero es romántico), el hombre que odió la fama y su hermosura, que amplió hasta la demencia el método de Stanislavsky (dejarse actuar) e hizo del monólogo y la improvisación lo que ya hace parte de la antología del cine, se retiró a morir. Y en ese retiro, en el que tenía un computador para navegar por Internet y corregir los errores que veía en las páginas que llevaban su nombre, le estallaron los pulmones gordos. Quizás pensó en Kowalsky, el personaje que interpretó en Un tranvía llamado deseo o en el Kurtz enloquecido de Apocalypse Now o quizás en el Corleone de El padrino, que se fue muriendo mientras veía jugar a sus nietos. Claro que en el caso de Brando no hubo nietos para ver sino una nevera cerrada con un candado, truco idiota porque para un hombre que es compulsivo comiendo y que tiene en la sangre furia irlandesa y además sufre el síndrome de abstinencia de un alcohólico, no hay obstáculo que se resista. En fin, Brando se murió gordo y a los ochenta años, lo que me hace pensar que las recetas de los médicos para adelgazar, dejar el estrés, evitar las pasiones desbordadas y toda desmesura están un poco erradas. Si uno llega a los ochenta años comiendo enardecido, rabiando y luchando contra el demonio, el cuadro clínico tiene alguna falla. Supongo que se murió de viejo y de gordo, como hubiera querido Leopoldo Blomm, el personaje del Ulises. Y como es digno morirse: ganándose un espacio en el mundo. Y denigrado por Truman Capote, lo que ya es pasar a la inmortalidad. Otros dirán que ese espacio se lo ganó porque fue un maldito.

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