Saturday, October 16, 2004

SENTIDO DE CERCANIA

Ponencia.
PRENSA SECTORIAL Y CONCIENCIA DE CERCANÍA.
Por José Guillermo Ánjel R.

“La superstición astrológica se basa en el oscuro sentimiento de un enorme todo universal. La experiencia dice que los astros más próximos ejercen una decidida influencia sobre el tiempo, la vegetación, etcétera. Pero no sabemos qué pasa con los más lejanos, sólo intuimos. Sobre los planetas más cercanos logramos teorizar porque sentimos su peso sobre nosotros: forma, color, textura, cambios, orbitaciones, lugar en el horizonte; sobre los que están lejos apenas si podemos filosofar o imaginar”.
Carta de Goethe a Schiller. 8 de diciembre de 1798.

“Mientras el público al oír la palabra “vida” piensa habitualmente en seres perceptivos y en organismos impresionantes, ante los ojos de muchos científicos aparecen más bien los innumerables genes y otros componentes moleculares de las células a partir de los cuales se construye lo vivo”.
Ernst Peter Fischer. La otra cultura.

Definiciones necesarias
Parto de tres palabras que es preciso definir: sector, conciencia y cercanía. La primera, el sector, la entiendo como esa parte que nos compromete cuando estamos en ella, sea en frente (como intérpretes) o en el interior (como actores), y de la que dependemos porque sin esa parte no podríamos saber quiénes somos ni cual es nuestra ubicación. Y a partir del sector, de la parte, nos hacemos una idea del mundo, del otro y las posibilidades o impedimentos que tenemos. La historia ha demostrado que somos sectoriales, de aquí las diferentes culturas y civilizaciones, las lenguas que hablamos y la concepción de la otredad, que son concepciones y construcciones de un yo colectivo particular. Con relación a la palabra conciencia, parto de la definición que de ella da Ludwig Wittgenstein: La conciencia es ese concepto claro que tenemos de algo y que ya no nos genera más dudas. La conciencia es un acierto, una certidumbre (emuná en hebreo). Ya, por ley de opuestos, un inconsciente es aquel que carece de conceptos y está sumido en las dudas. La cercanía la defino como aquello que nos es posible. Con base en estas tres definiciones abordo el tema.

El gran mundo
El siglo XX nos hizo partícipes de un mundo enorme, conquistado en su totalidad (la National Geographic dio razón de los últimos lugares en el libro de los 100 años) y en disposición de ser globalizado cada vez más en su contenido a través de la red, la digitalización y los conceptos exactos de los sistemas. Y, como consecuencia de lo anterior, listo a ser el centro de operaciones para la conquista de otros planetas y nuevos conocimientos extraterrestres. De la idea moderna e ilustrada del hombre planetario, habitante de un lugar rodeado de incertidumbre, curiosidad y asombro, distancias inverosímiles, datos por completar y estrellas que mueren y nacen, pasamos a la condición de terrícolas dispuestos a conquistar la galaxia y a entender el universo de acuerdo con las últimas tecnologías y maneras globales del pensamiento. Dejamos de ser unos sujetos en calidad de redención para convertirnos en redentores de vidas y espacios presentidos en otros sitios a este lado curvo de los agujeros negros. Y entonces, para estar en este mundo y no en una parte, es decir, para ver el mundo desde el mundo, las comunicaciones mediáticas han ido dejando a un lado lo local, esto que es lo cercano, y se dan a la mundialidad convirtiendo la información en algo por fuera de un espacio y cifrándola sólo en cuestión de tiempo, impacto y renovación o cambio permanente. Así, la aldea global preconizada por Marshall Mc Luhan, se vuelve medio y mensaje inmediato, y lo que antes estaba a días de distancia y necesitaba meses de reflexión para ser integrada a una forma de conocimiento positivo, se convierte en cosa de segundos y en teoría de sistemas. Y los sueños de Voltaire en Micromegas, que hicieron parte de esa modernidad ilustrada, es trascendida ahora por la desmesura de lo posmoderno.

Diría entonces que, de acuerdo con la mediatización, el macro-mundo es nuestro lugar y desde aquí concebimos un espacio sin más fronteras que las que plantee la informática y la información que contenga en sus procesamientos de banda ancha. Sin embargo, esto que es un sueño pantagruélico y que Manuel Castells denomina como lo global y hecho necesario que no podemos evadir puesto que en la tierra hay más chips informáticos que gente, más energía de la que concibió el creador y en lugar de espacio lo que existe es la velocidad y una nueva idea de tiempo, no ya como una medida entre un lugar y otro, sino como ese elemento que nos permite acumular información y, en este proceso de obesidad delirante, nuestro sitio no es donde estamos sino donde nos sentimos, este macro-mundo, digo, nos ha separado de nuestras circunstancias (esto que nos localiza) y nos involucra en otros hechos que, en lugar de hacernos más sabios e inteligentes, nos convierte en seres más ignorantes debido a que, como sostiene Francois Lyotard, cada vez somos más empíricos porque la velocidad con que recibimos la información (en sus propuestas y contrapropuestas) no nos da tiempo de hacer ninguna comprobación. Y en esta ignorancia, que crece en la medida en que sólo percibimos efectos desconociendo las causas, nos desesperamos, perdemos la condición reflexiva y flotamos en un espacio sin puntos cardinales en la que toda dirección es imposible. Entonces nace una pregunta: ¿Vale la pena asumir la lejanía y la velocidad continuas, ese todo que se amplía como el dios gordo de Jorge Amado, cuando no sabemos a ciencia cierta qué origina los acontecimientos (asistimos a intuiciones vagas, a especulaciones cambiantes y a propagandas políticas) y cuál es su real carga de influencia? Todo conocimiento requiere de una confrontación: qué es, a qué se parece, para qué sirve, para que me sirve a mí. Pero esa confrontación no se da debido a que un hecho informativo es reemplazado de inmediato por otro (minimizando la condición de memoria y de análisis), pues la enormidad de lo que produce el mundo no admite detenerse en la parte y si lo hacemos, entonces nos salimos del mundo y, está en lo posible, de la base de datos que nos contiene y dice qué tan competitivos somos.

En las novelas de Scott Fitzgerald, el gran mundo estaba conformado por los hábitos sociales de los jóvenes de las clases altas que, para escapar a sus obligaciones, vivían el momento y trataban de alargar los placeres hasta perder la conciencia y la condición. Era un mundo sumido en la música de baile, el alcohol, los amores cortos y la dilapidación de las fortunas desmesuradas nacidas de la guerra. Y no había descanso sino ejercicio permanente de los sentidos hasta no encontrar en ellos más que frustración (como sucede en El gran Gatsby, por ejemplo). Con anterioridad a Fitzgerald, Marcel Proust había escrito En busca del tiempo perdido, serie de novelas en las que también se asume el gran mundo de la burguesía del siglo XIX, que entra en el XX tratando de huir de la muerte en la medida en que se pierde la conciencia de la vida individual y de trabajo, suplantándola por su participación en los grandes clubes y salones donde se baila, se come de manera sofisticada, se habla del Estado y de las nuevas estéticas nacidas de la información traída de los lindes de los imperios, se discuten los periódicos y se oyen las nuevas propuestas del arte, la filosofía y la política. En otras palabras, el gran mundo estaba cifrado en las actuaciones de la elite. Y creo que hoy también sucede lo mismo, sólo que la elite ya no excluye al otro, como sucedía en los mundos de Fitzgerald y Proust, sino que lo incluye, pero no para hacerlo partícipe sino para convertirlo en testigo permanente de eso que le interesa a los grupos de poder, que es la clonación de hábitos, actitudes y opiniones. Es el otro (los otros) como masa compacta que consume lo mismo, piensa lo mismo y deja su carácter de ser humano para convertirse en mercancía humana, renovable cada tanto y siempre en acción de consumo.

El real tamaño del mundo
Dando por cierto que Adán existió (o al menos admitiendo la metáfora de Adán), el mundo se amplía en la medida en que se lo percibe, nombra y entiende. Y ese fue el trabajo de Adán, ir nombrando para que el mundo fuera apareciendo. Luego Filón de Alejandría diría que las cosas existen si hay palabras que las nombren y que el principio de cualquier creación, como después reafirma san Juan en suevangelio, es el verbo, la palabra y la razón de esa palabra. Así, el mundo es tan grande como palabras claras tengamos para designarlo. Y su amplitud no depende del número de cosas que contiene sino de la cantidad de cosas nombradas que tengamos a nuestro alcance porque el nombre es quien da la ubicación de la cosa, su situación en el mundo, y la definición que tiene para la extensión de ésta. Por esta razón el último léxico, del que tanto se preocupa Jacques Derridá, contiene lo máximo que sabemos de algo. Y cuando la cosa se define, no sólo admite lo que es ella y nada más puede serlo sino que se conecta con otras cosas y de esta manera, asumiendo la tesis de Spinoza, se da el entendimiento y la extensión, o sea el real tamaño de algo, su tejido. En el mundo de Spinoza, las ideas adecuadas, las que han definido bien la cosa, permiten hacer nuevas definiciones (tejer), pero no como algo nuevo sino en calidad de resultante de lo anterior. O sea que el mundo no está compuesto por lo que nos llega sino por aquello que vamos construyendo a partir de nuestras relaciónes anteriores y presentes con el mundo. Para Wittgenstein, a fin de que tomemos una definición filosófica más moderna, el mundo no esta compuesto de cosas sino de hechos, es decir, de relaciones directas entre nosotros y la cercanía que nos rodea, lo que hace que el mundo sea, también, un constructo pero no en el caos y la totalidad (que siempre resulta confusa), sino en el orden que nos va prodigando la certeza, es decir, en la conciencia de esto que está cerca y nos otorga la calidad de intérpretes y espectadores porque nos toca y hace parte de nuestro dominio del mundo. Si asumimos el modelo científico, que se fundamenta en la relación ensayo –error, sólo la cercanía hace posible el efecto y el conocimiento de la causa. Sería imposible trabajar sobre algo sin límites (esto ya lo sostenía Aristóteles) y sólo el acontecimiento cercano es lo que permite ser intervenido para establecer sus reacciones. Sin la cercanía, sólo especulamos, imaginamos y, al fin, nos desentendemos.

De acuerdo con lo anterior, si ha sido bien nombrado y definido, el mundo cercano resulta siendo el más grande, porque no sólo está nominado sino que permite ser definido, redefinido, entendido en un tiempo y un espacio y finalmente usado política y científicamente para mayor seguridad de quien lo habita. La cercanía, entonces, es mi real mundo porque allí no sólo está lo que conozco sino lo que también puedo intervenir para transformar y convertir en un mundo seguro. He mencionado la palabras seguridad y seguro en un espacio de tres renglones a fin de darle un contexto a la cercanía, que es el sentido de los pactos y del hombre social que ha dejado su carácter de estado de naturaleza (de psicópata) para ganar cercanía y lo que esto implica no sólo en la construcción social sino en la vida animal. Hoy sabemos que el hombre no fue quien domesticó al animal sino que éste se acercó al hombre porque encontró mejores condiciones de vida y de intercambio estando cerca. Los seres vivos nos acercamos para ejercer el intercambio, la participación en los hechos, la comunicación con el otro y, realmente, para darnos seguridad. Nos hacemos útiles y así vamos perdiendo el miedo. De igual manera, cuando nos alejamos, perdemos todo esto que construimos y nos desesperamos (perdemos la esperanza, que es la idea de futuro), asumiendo un mundo en estado caótico, multidireccional y y con una visión panóptica que se resquebraja en lo que deja ver, que es un todo pero al mismo tiempo no lo es porque las cosas aparecen y desaparecen de acuerdo con la premura de la agenda mediática que no profundiza sino que está en el negocio del espectáculo, en el de la actualidad y en el de una supuesta pertinencia que sirve más a intereses políticos y versiones de bueno-malo que a otra cosa.

Pero hay algo más peligroso y es el nuevo fundamentalismo que aparece con el nombre de globalización y que nadie discute. En la supuesta globalización (que no es otra cosa que el pensamiento cerrado de las elites, su manera simple de ver el mundo y de manejarlo a través de conceptos únicos), lo local pierde su condición de certidumbre y de posibilidad para convertirse en algo sujeto de noticia siempre y cuando el hecho interese a las grandes compañías mediáticas o al robot que las maneja mediante un sistema alfanumérico (que mide el tamaño del hecho por el número de exposiciones que tenga) y estable la importancia de algo según una sumatoria y no de la pertinencia o seriedad de lo que acontece. Así, si Michael Jackson aparece en más medios que la noticia sobre Aquitania, donde la gente está emplazada porque no puede siguiera salir de donde está debido a que todos los caminos están sembrados de minas quiebra-patas, la noticia importante es Jackson y no la situación delirante de quienes están atrapados.

Este nuevo fundamentalismo que es la globalización (que importa que a partir de ésta el mundo se haya partido en más países y que a consecuencia del fenómeno afloren culturas que no habían sido tenidas en cuenta), no es otra cosa que el deseo de una generalidad y de un todo homogéneo que permita un gobierno mundial, una economía mundial y un pensamiento mundial donde el hombre pierde sus condiciones circunstanciales y se convierte en testigo de algo que no puede manejar y frente a lo cual está impedido para la acción. Colocar al ser humano en el mundo extenso es reducirlo a ser una pieza sin identidad ni capacidad de respuesta. Y el tamaño del mundo, entonces, se hace enorme, aunque realmente no es del tamaño que se publicita porque, a pesar de todos los intentos de los partidarios de la globalización, la tierra no es un todo sino aquella parte en la que vivimos y nos relacionamos. Por esto el tejido geopolítico está cada vez más seccionado, los idiomas se multiplican y el ser nacional vuelve a emerger como única posibilidad de supervivencia y de un reconocimiento del nosotros.

El real tamaño del mundo, por lo tanto, está en la cercanía y no en la confusión que los medios expanden a medida que, dejando lo local y desconciendo la cercanía real, asumen una mundialidad con la que pocos se identifican, entendiendo la identificación como la capacidad de respuesta y solidariedad con relación al otro y no una sentimentalidad que cada vez pierde más contenido emocional debido a que la repetición de lo mismo y en las mismas condiciones convierte en rutina todo lo que toca, aun el terror. Ejemplos de esto hay muchos: vemos la escena de la escuela que hizo volar Putin hasta que se nos convierte en algo que no riñe con la publicidad que aparece después de la noticia y que nos ofrece un auto maravilloso para ser distintos. De igual manera hemos vuelto paisaje el conflicto del Medio Oriente y la inseguridad argentina, el problema de los inmigrantes marroquíes en España y el Sida de los africanos. Es que están demasiado lejos para afectarnos. Y si hablamos de lo nuestro lejano, presentado en una agenda mediática donde el show está por encima de los criterios de noticia, también sufrimos del mismo mal. Sabemos que algo sucede, pero creemos (o nos hacemos a la idea) de que no nos sucede a nosotros sino a otros que no nos involucran porque su tragedia, presentada de manera repetitiva y sin ninguna profundización, ya no es una tragedia sino una característica propia de esos que viven el desplazamiento, la explosión, la violación y la tortura.

La prensa de cercanía
El mundo es nuestra casa. A partir de la puerta están los viajes, los que llegan, el mundo de la especulación y las novelas. En nuestra casa están los referentes que nos permiten salir, crear, hacer tejido social y permitirnos el intercambio con otros. Por esto, la certidumbre de ciudad está en el vecino: si su casa es como la nuestra logramos convivir, si no, nos creamos un vacío y evitamos caer en él. Y las noticias más importantes son aquellas que rodean nuestra casa porque son las que permiten una idea de vecindario y de ubicación. De esta manera sabemos de la razón de la política, la seguridad y el progreso que nos toca. Nos sucede lo mismo que en el mundo científico, donde la parte es el sujeto de análisis y no el todo, ya que la generalidad aporta poco y en cambio la particularidad permite profundidad, control y posibilidades de cambio. De aquí que el microscopio haya generado más posibilidades a la ciencia que el telescopio, ya que con el primero acertamos en lo cercano, en esto que concierne, mientras que con el segundo seguimos especulando y presumiendo lo que podría ser. No así con el microscopio que sabemos lo que es y así le descubrimos características, debilidades y fortalezas.

Jane Austen, al descubrir las posibilidades narrativas de la novela doméstica, establece muy bien en su literatura el valor que lo cercano tiene para el hombre. Para él (para nosotros) es importante lo que tiene a mano, el camino que lo lleva a su río, la iglesia donde reza, la escuela en la que estudian sus hijos, la fábrica en la que trabaja etc. El mundo doméstico, que es el de la mayoría de los ciudadanos, es el más interesante de todos porque allí nos desenvolvemos y, precisamente ahí, están nuestros sueños y esperanzas, nuestros tedios, miedos y temores más hondos. De esta manera no hay alegrías globales ni miedos mundializados (así quieran que la sombra de Al-Qaida nos cobije a todos), sino sentimientos locales y una necesidad apremiante de saber a cerca de nosotros, nuestros problemas y las propuestas de solución. Como seres en proceso de evolución (de adaptación), necesitamos de un espacio propio y cercano en el que podamos desenvolvernos con seguridad porque, en este desenvolvimiento, acude en nuestra ayuda la memoria, los otros conocidos y los espacios experimentados. O sea la cercanía inmediata. Es como con el cuerpo, que nos preocupamos por el nuestro pero no por el del otro.

Con base en lo anterior se justifica plenamente la prensa de cercanía: queremos saber de nuestras calles, de la escuela cercan, de los actos en el templo, de los extraños que han entrado en el vecindario, de las soluciones a problemas sentidos etc. Y requerimos de esta información en cortos períodos de tiempo a fin de tomar partido y saber qué debemos hacer. Ya, con relación al gran mundo, nos podemos informar de él cada tanto. Con relación a los periódicos mundiales, Borges decía que se podían leer, muy bien, cada dos meses, con la seguridad en que en esos sesenta días el mundo no sufriría cambios notables. Y que si la noticia era muy grave, llegaría a la cercanía a través de alguien.

El conocimiento más cercano, el del entorno, es el que nos proporciona elementos para solucionar los problemas. Pasa igual que como con las referencias cercanas, que son las que usamos para dotar de sentido lo que vemos (a qué se nos parece) o para dar una respuesta a lo que sigue siendo una pregunta: Así, después de la bomba atómica, aparece la teoría del Big-bang, esa enorme explosión que posiblemente daría origen al universo. La bomba atómica, el gran hongo rojo, permite la especulación sobre una explosión inicial. Sin esa bomba atómica, los físicos (o al menos Stephen Hawkings) todavía se estarían haciendo la pregunta sobre el origen del mundo. Es que el referente cercano nos propicia una idea sobre lo que no está definido. Así, los extraterrestres los entendemos a partir de la vida inteligente, o sea, parecidos a nosotros y no los imaginamos de otra manera. Esto por que si los extraterrestres tienen manos y pies, ojos y bocas, cabeza encima de los hombros y ombligo en el centro, podrán ser dominados de mejor manera que si son distintos. Con esto quiero decir que los hemos vuelto cercanos para poderlos entender o al menos imaginar sin cometer muchas equivocaciones.

La prensa de cercanía, entonces, no es otra cosa que la propiciadora de conocimiento básico cotidiano: certidumbre del vecino, concepto de ciudad, posibilidades de espacio público, seguridad en el intercambio. Es para evitar el paria del que habla Hannah Arendt, que es paria porque carece de sitio, de identificación y de pasado. Y como carece de lo esencial, busca que el mundo se destruya y así todos sean similares a él: unos desarraigados.

En la cercanía está el pasado y la identidad, las relaciones y las mixturas. Y si bien la globalización busca volverlo todo cercano, nolo logra porque la cercanía no la generan los conceptos sino los hombres con su intercambio y contacto persona a persona. Nos reconocemos en el cuerpo del otro, en sabernos de la propia especie y en calidad de actores en acciones comunes. Es un problema de gratitud, de sabernos de aquí y no de otra parte, entendiendo el mundo con lo que tenemos y no con lo que no es desconocido. Y algo más importante: en capacidad de involucrarnos porque el otro está cerca y no lejano (hecho de palabras), porque la solución tiene la posibilidad del vecindario, la cercanía la comunicación, y no La información lejana que lo mismo da que llegue en forma de noticia, dato de enciclopedia o novela, porque al fin y al cabo está tan lejana que, en términos reales, no existe para mi debido a que es un dato que puedo desconocer sin que a mi me acontezca nada. Durante siglos las culturas y civilizaciones se desconocieron y esto no impidió que lograran grandes desarrollos.

En el libro La ingratitud, Alain Finkielkraut menciona la necesidad apremiante de la memoria cercana (que son las repeticiones de a diario, lo cotidiano), esto que nos permite, como en la teoría aristotélica, establecer los límites necesarios para entender debidamente algo. Si nos salimos de estos límites entramos en crisis y nos desbordamos por espacios confusos. Con base en la memoria cercana es que han sobrevivido los judíos, los pueblos que se autocritican y la ciencia. Lo que se expande como el gas, sabemos que existe pero ciertamente incide poco en lo que hacemos. Es que somos sujetos de relación estrecha, así como los músculos con los huesos, las palabras con la lengua y ustedes con el conferencista. Por fuera de esa relación estrecha, la comunicación pierde toda su efectividad.

Concluyo con una pequeña historia: un hombre se enamoró de la luna. Y no hubo amor sino mucho desamor. Y al fin el hombre enloqueció sin que la luna se diera por enterada.

Muchas gracias.




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