Saturday, October 16, 2004

SOBRE ISAAC BASHEVIS SINGER

Isaac Bashevis Singer.
FICCION Y REALIDAD EN YIDISCH.
(O de cómo la escritura no tiene límites).
Por José Guillermo Ánjel R.

“Algo dentro de mí –un espíritu, algún otro ente- quiere arrastrarme a mi perdición. Recuerdo ese otro yo desde mi niñez”.
La familia Moskat.

“Ni la teoría de Einstein ni siquiera otra de las teorías propuestas auguraban un futuro prometedor para la especie humana. Entretanto, la radio ya había llegado a Polonia, y si uno se colocaba los auriculares podía oír chistes de vodevil, un reportaje sobre la situación política y hasta un discurso antisemita”.
Amor y exilio.

Introito pre-necesario
Hace cien años nació Isaac Bashevis Singer. Claro que esto no tiene ninguna importancia porque uno nace y muere cuando le toca y quizás por eso la filosofía tiene estos temas en tan poca estima. Y si los toca, los desfigura antes que acertarlos. En cuestiones de nacer y morir los filósofos ha sido siempre un fracaso y más que una teoría elaborada lo que uno lee de ellos son quejas y miedos. Pero esto no viene al caso. Lo que interesa ahora es Bashevis Singer, las juderías polacas y norteamericanas (pre y post Holocausto, o post-Shoá, como sería lo correcto) y la lengua yidisch como vehículo para contar historias. Y esto de los cien años es un pretexto para abordar algo más interesante: la vida rodeada de demonios. Y de escenarios en caos.

El encuentro con Bashevis Singer
Los dos primeros libros que leí de Isaac Bashevis Singer, en edición burda y en una letra miserable y enana, los encontré en una venta callejera. Eso pasó siete años antes de que le dieran el Nóbel en 1978. O sea que encontré a Singer de manera expósita, al sol y al agua. Y en la confusión, porque al lado de estos dos libros había algunas revistas pornográficas y otras de Mecánica Popular. Fue increíble (y triste) que estos libros no fueran de segunda sino de remate. Nadie se había dado el gusto de leerlos, quizás porque una nota que tenían (“El último de los grandes novelistas en lengua Yiddisch”) los hacía lejanos, desconocidos y sin interés. Por esos días se leía escritores franceses y norteamericanos, el boom latinoamericano estaba en las vitrinas y en estas tierras de calor intenso el único polaco acreditado, además de Chopin, era Gombrowitz y nadie sabía pronunciar ese apellido. Pero los libros, como sucede con el azar y la ley de caos, llegan de improviso al lector que les interesa. Y así me llegaron El mago de Lublin y Gimpel el tonto, dos pequeñas joyas muy baratas y cubiertas de polvo callejero. Creo que la venta estaba en la acera de Sucre con Colombia, cuando el centro de Medellín era una caja de buenas sorpresas. Todavía lo es, pero hay que cuidarse más. Hoy estos dos libros, debido su letra minúscula y mal impresa, me son muy difíciles de releer. Pero lo intento porque soy un vicioso de este escritor.

El yidisch
Del mundo yidisch, cuando encontré a Bashevis Singer, tenía pocos datos: algunas palabras en la mesa del sábado en la sinagoga, unos viejos conocidos que rezaban más que contaban historias y unos deliciosos platos de comida. Y también el sonido de la lengua, que por aquel tiempo los judíos viejos la seguían hablando para mantenerse en dos mundos: en la vieja Europa abandonada y en una América que entendían poco. No más. Ya, cuando apareció Isaac Bashevis Singer y llevé los libros para preguntar por el sentido de algunas palabras y chistes, salieron del sótano muchas memorias y se negaron otras por pudor. Y es que este escritor, tan distinto a los otros escritores judíos, se preocupaba más por el pecado que por las glorias y sufrimientos de Israel. Y no por pecados judíos sino por pecados humanos que, como integran e identifican a la mayoría de los hombres y mujeres, son dementes y continuos. Y de cierta manera son deliciosos porque así se da uno cuenta de que está vivo. Las prohibiciones, los tabúes, las desmesuras y las esperanzas vanas nos hacen hervir la sangre. Y si ésta hierve, no estamos muertos.

Cuando se ganó le premio Nóbel, algunos críticos se burlaron (además de decir que era un desconocido) de Bashevis Singer. Decían que escribía en una lengua “muerta”y sin gramática que él mismo tenía después que traducir. Pero estas críticas, como todas las que nacen de la ignorancia, acabaron estrelladas contra la evidencia: el yidisch de Bashevis Singer permitía no sólo contar historias sino escribir de manera profunda sobre conceptos tan complejos como las ideas de Spinoza. Y era la lengua precisa para contar lo que sucedía en las juderías polacas y la que servía de referencia y conciencia para entender las decadencias y abandonos de los grupos judíos americanos que, olvidados de la lengua madre, manejaban una percepción doble de la realidad: una que tocaba con un pasado nebuloso habitado por pequeños demonios, ángeles vagabundos, rabinos milagrosos y magos que convivían con gitanos, y otra que mostraba lo moderno y el exceso de información, la incertidumbre del mañana y el olvido constante de la identidad. El yidisch, entonces, sea como lengua fantasma o como un jeroglífico difícil de borrar, fue usado por Bashevis Singer para escribir su literatura y crear una teoría amplia sobre el caos del sujeto que se relaciona sin relacionarse, que es movido sin moverse y que se abandona sin lograr abandonarse. Y en ese yidisch, como toda lengua propia de una cultura, cada palabra contiene una relación con la creencia, la historia y la manera de imaginar. De aquí entonces que, a pesar de su antigüedad y falta de una gramática que la estructure debidamente, siga siendo una lengua viva donde los arcaísmos alemanes se unen a palabras en hebreo que dibujan acertadamente lo que puede suceder en el interior de un judío ashkenaz . Y con base en esa interioridad, así se traduce el mundo.

El mundo de los judíos ashkenazim.
Los judíos del Este de Europa tienen su origen en la pobreza, la persecución, los pogromos y el susto continuado. Y este estado de alerta crea todo tipo de personajes, desde hombres muy sabios y justos hasta la más variada gama de locos y desdichados, profetas y gentes que sobreviven en el absurdo, tratando de hacer posibles los milagros que han pedido y D-s no les ha dado. Y gentes así van por los cuentos y novelas de Isaac Bashevis Singer, ascendiendo a los cielos y bajando al infierno, conviviendo con los seres invisibles y las palabras que crean las cosas y, al mismo tiempo, escapando de los horrores que les plantea el medio, que si bien en los schtetl (aldeas judías) hay mucha locura, más demencia en ve en quienes persiguen y señalan a los judíos. Y quizás este es el misterio que Bashevis Singer trata de aclarar: ¿Cómo se crea y cría la locura? Esa locura que es una lujuria, mantiene al mundo en caos y a la vez lo prepara para un orden, pero pesa más la incertidumbre que la certeza y entonces la tierra se mueve permanentemente como un dragón herido que goza de su agonía y paralelamente la teme. Muerte y vida, humor y tristeza, son constantes en ese mundo que está creado en yidisch pero igual se mantiene como en el primer día de la creación (el fundamental) donde sólo existía el Tohú y el Bohú (el caos y el vacío), que es vida en desorden y todo lo que allí se mueve pone trampas, incluso la felicidad, como dice Imre Kertész.

Los mitos fundamentales tienen su origen en preguntas que reciben respuestas imaginadas, de esa manera lo primero que se admite es la mentira y el deseo. Pero en el caso de Bashevis Singer, la mitología desaparece para darle paso a la realidad extrema: hambre, enfermedades, pequeñas pasiones, sueños que se tejen y destejen, un D-s ausente en el que se cree porque está lejano y entonces es imposible saber cómo es ni qué piensa y sólo buscándolo (la búsqueda es una manera de encontrar lo que no estaba previsto) se encuentran verdades e imaginarios, fabulaciones intensas y al final la certeza de que la vida no pasa en vano porque al menos hubo una pregunta a la que se le buscó la respuesta. Y que ésta llegó como una explosión y por eso no fue entendida y, como resultado, fue mejor comer y danzar, inventar palabras y revolver letras.

Los judíos ashkenazim, contados por Isaac Bashevis Singer, tienen un lugar en la tierra, un espacio en la historia y un sitio en esta pregunta intensa que es la mente humana. Pero no aparecen como una clasificación sino como un movimiento, como un viento que lleva en su interior violines, novias, cabras, árboles y toda la iconografía de Chagal, no ya en figuras y colores sino en palabras precisas y libres de la adjetivación que engaña y sólo muestra el exterior. Lo importante en Bashevis Singer es el sustantivo, lo que tiene esencia y sustancia, por esto su filósofo preferido es Baruj Spinoza y lo más importante la calle judía donde hay de todo y se habla sin parar. Y en ese espacio público donde el intercambio es permanente, nacen las historias, todo eso que pudo ser y la literatura rescata del olvido.

La Torá, el Talmud, la Halajá, los juicios rabínicos.
Un escritor debe ser culto y su escritura profunda. Y en este punto Bashevis Singer demuestra que las palabras no son sólo sonidos sino la resultante de una construcción de saberes previos. Su literatura está sembrada en lo que sabe de la Torá (los primeros cinco libros de la Biblia), el Talmud (los comentarios de la Torá), la Halajá (la ley) y los bet Din (los juicios rabínicos). Para describir, burlar o acertar algo, se fundamenta en lo escrito y discutido. No es el ignorante que niega lo que no sabe o se burla de aquello que no entiende. Por el contrario, bebe en las fuentes y después se ríe o se asombra, se esconde o aparece como un ángel exterminador o como un ángel sembrador del Paraíso.

En el mundo judío, tradición y religión se mezclan creando una mixtura que linda con lo mágico y a la vez con lo absurdo, dando como resultante una gran sabiduría sobre lo simple y lo complejo. Es un Occidente que se inserta en el Oriente y lo que parece primitivo resulta siendo moderno y aquello que se da por nuevo no es otra cosa que un principio dicho hace muchos siglos. Diría que el principio de contradicción es lo que lleva al acierto y que aquello que choca es lo que permite el abrazo. Como en este Big-Bang del que todos seguimos siendo habitantes, es necesario el encuentro extremo, la lejanía que acerca y la diferencia que permite el conocimiento. Quizás por esto la literatura de Bashevis Singer seduce tanto, porque allí no se plantea un orden sino un desorden, una inmoralidad y un amor intenso a D-s. Pero no como el siervo ama a su rey, sin cuestionarlo, sino como es posible amar en la discusión, admitiendo errores y aciertos, estableciendo juicios bilaterales y permitiendo el carnaval para que los demonios sean exorcizados. Es la vida, es la pasión, es el sentimiento de estar vivo. Por esto la cordura es tan poca en la obra de Isaac Bashevis Singer. Para él fue más importante la locura que permitía asumir situaciones delirantes y así, como en la filosofía de Jacobo Bohême, conocido un extremo se entiende el otro, el opuesto.

Bashevis Singer fue un escritor culto (y sirva como ejemplo): sabía de filosofía, de historia, de kabalá, de psicología, de literatura, de religión, de ciencia. Como dice Peter Fischer en La otra cultura, una persona es culta cuando sabe qué pasa en el mundo y para él es tan importante una novela como una teoría sobre física. Y esto se cumple en este novelista yidisch que no dejó nada por fuera en todo lo que escribió. Hasta la contabilidad y la agrimensura le fueron importantes porque ellas hacen parte de universo y de la creación del hombre. Y en ellas enloquece y ama, es desmesurado y soñador.

Historias en la casa del padre
Bashevis Singer se hizo escuchando y viendo, como ese testigo oidor de Elías Canetti. Su primer mundo fue de hombres y mujeres que llegaban a su casa en busca de un consejo, de una bendición o de un divorcio. Y su padre, que era un rabino pobre y apenas si alcanzaba a pagar el lugar donde vivía, se convirtió en su primer héroe o antihéroe, que en verdad fue una figura que subía en sabiduría y descendía en pobreza. Y de este personaje más preocupado por discusiones sobre purezas e impurezas, prohibiciones y permisiones, salieron los demonios y dibbucks, las citas talmúdicas y los ejemplos bíblicos. Y la otra gente, esa que entraba y salía de su casa situada en una calle popular de Varsovia donde se respiraba un aire sucio y un tiempo detenido. Y donde el mundo comenzó a cambiar a pesar de la confianza en D-s, de los rezos continuados y de la seguridad de una tierra prometida que realmente sólo era posible conformar con palabras. Y esto de oír y ver, de asistir a los asombros y al cambio que se daba afuera y se negaba dentro de la casa, exaltó la imaginación de los hermanos Singer, Israel Joshúa (autor de Los hermanos Ashkenazi) e Isaac, quienes siguieron el camino de la escritura a pesar de que su padre quería que ellos le heredaran el rabinato. Y en esa literatura, que primero fue periodismo y pequeños retratos, el yidisch llega a su máxima expresión y la memoria de la judería polaca no se pierde. Como en algún texto de Borges hablando de la kabalá, la salvación llegó por las letras y las palabras.

En la casa del padre, donde se celebraban los Bet-Din, la humanidad se acompaño de pequeñas alegrías y miserias, de olor a pan fresco y de fríos en invierno. Y siempre hubo palabras a favor y en contra, a manera de consejos y de maldiciones. Palabras que contaron historias y permitieron reflexiones. Y que cuando no sonaron, aparecieron en los libros que el escritor leía al escondido. Palabras siempre, como debe ser toda casa. Y como es la herencia del escritor.

La religión y la filosofía. Spinoza. El primer libro: un falso Mesías
En el judaísmo la filosofía tiene que ver con el hecho religioso. Y la religión no es un mandato sino una discusión permanente. De esta manera se cree en un movimiento que permite estar vivo (el Ruáj, ese espíritu de D-s del Génesis) y hacer de la vida el mayor bien posible. Y no es lo metafísico lo que importa sino la certidumbre, los hechos y las circunstancias. El judaísmo es una religión de vida y una tradición que mantiene activa la memoria. Y sobre la vida es que escribe Isaac Bashevis Singer, entendiendo el vivir como una realidad múltiple donde cada cosa tiene un lugar y un no lugar y en la que los absurdos son tan lógicos como las certezas.

Entre los judíos ashkenazim existe una música que permite danzar hasta perder toda noción del cuerpo y de la última memoria. Esta música, la Klezmer, donde el violín, el clarinete y el tamboril van cada uno por su lado y al fin se encuentran como mujeres que cantan un amor o un chisme, se oye permanentemente en la lectura de Bashevis Singer. Y no como una tonada sino como un baile intenso donde la religión aparece y desaparece a medida que la filosofía toma su sitio para después ser desplazada por un precepto o alguna cita talmúdica. Y en esta danza que no se detiene, aparece Baruj Spinoza como única solución a la búsqueda. Sólo un ebrio de D-s puede ser el fiel de la balanza dentro de un mundo que no para de girar a medida que se dan las alegrías (los aciertos) y las tristezas (los desaciertos). Y donde cada cosa es una manifestación divina en cualquiera de sus atributos de extensión o entendimiento.

El primer libro de Isaac Bashevis Singer fue Satán en Goray, la historia del falso Mesías Zebatai Zvi, un hombre que en el siglo XVII enloqueció a los judíos de Europa y condujo comunidades enteras hacia Israel en medio de toda clase de acontecimientos. Sólo que antes de llegar, este falso Mesías, con conveniencia y con el fin de no ser decapitado por el sultán turco, se convirtió al Islam. Luego escribió, siguiendo el ritmo que le imprimían los escenarios en desorden, La familia Moskat, El mago de Lublin, El esclavo, Enemigos (una historia de amor), Shosha, El penitente, Escoria, Los herederos, La casa de Jampol, Meshugge, Sombras sobre el Hudson y un buen número de libros de cuentos en los que, igual que en las novelas y crónicas, desfilan judíos ashkenazim ricos y pobres, sabios y tontos, aventureros y simples, obsesionados y sin imaginación, logrando con estos trabajos desbordar a escritores yidisch como Scholem Aleijem, Itzik Peretz y Scholem Ash, que hablaron de las miserias y locuras del schtetl y apenas bocetaron los personajes que en Bashevis Singer se convierten en carne y sangre, en palabras profundas y gritos inmensos. Con razón un escritor como Henry Millar dijo de Singer: “Si lo hubiera conocido antes, habría sido mi modelo a seguir”.

Nos hacemos en el desorden y vivimos en él haciendo del azar la única oportunidad. Y en esa inmensa estructura geométrica y spinoziana, donde la verdad se revela a medida que se atraviesan las mentiras (como también sugiere Kart Popper), nos amamos y odiamos, construimos sociedades y luego las destruimos. Y después, en medio de las ruinas, levantamos los ojos y percibimos un bello amanecer y que la sangre comienza a correr por las venas. Nos asiste la ilusión y le creemos. Esta sería una síntesis de Bashevis Singer.

Los demonios y los ángeles. Los cuentos para niños
A quienes gustan de diablos y de seres invisibles, Bashevis Singer es una lectura provechosa porque en cada uno de sus libros, sean relatos, novelas o crónicas, abunda lo que no vemos pero creemos que existe. Este escritor no se detiene al mencionar un demonio o un ángel sino que nombra los que conoce y los ubica como un coro que asiste a la escena que narra. La angelología y demonología, venga esta del Talmud o de la cultura polaca, son elementos literarios que adornan y, paralelamente, permiten una reflexión sobre la condición del hombre, que es un desamparado y por eso se salva en la demencia. Ángeles como Gabriel, Miguel, Uriel, Rafael, se enfrentan a demonios como Asmodeo, Astarot, Belkis (que también es la reina de Saba), Lilith y otros que traen pestes, lujuria, confusión y burla continuada. Y en estas batallas celestiales, el hombre va como un papel en medio de un viento fuerte, librándose al fin cuando pierde la conciencia o pacta con lo que siente y no ve. Y esos ángeles y demonios son necesarios porque son la otra conciencia y nueva realidad, la del sueño y la muerte, cuando se construye una memoria que no se puede expresar porque carece de palabras (es inefable), pero está repleta de imágenes, qué importa que éstas sean sólo vacíos.

En Cuentos judíos, un libro de cuentos para niños, Bashevis Singer escribió: “A los niños les gustan las historias interesantes; bostezan con los libros aburridos; creen en cosas tan increíbles como D-s, la familia, ángeles y demonios, brujas y duendes, la lógica, la claridad, la puntuación y todos esos chismes anticuados; no leen para librarse de la culpa, ni para calmar su sed de rebelión, ni para sacudirse la alienación, ni para afirmar su identidad; sólo leen por placer, sin ningún respeto al principio de autoridad”. Y estos principios, que iban dirigidos a los libros para niños, los aplica Isaac Bashevis Singer en toda su obra. Sus personajes e historias son un “irrespeto” porque allí no hay normas que esclavizan sino opciones de vida que liberan. Sólo a quien ha conocido el Ghetto y no fue víctima de las cámaras de gas se le ocurren cosas así.

Periodismo y autobiografía
Isaac Bashevis Singer llegó a los Estados unidos en 1935, cuatro años antes de que los nazis invadieran a Polonia, y allí comenzó a escribir en Der Forverts, un semanario yidisch neoyorkino. En este periódico escribió notas y folletines, cuentos y buena parte de sus novelas, siguiendo pistas de sobrevivientes, escuchando historias y viendo cambiar el mundo. Y a todo respondió en yidisch, sabiendo que esa era la lengua de los que habían muerto y de aquellos que no sabían si estaban vivos o no, o simplemente eran fantasmas que misteriosamente comían, bebían y lograban dormir algo como un delirio. Y en yidisch se remontó hasta el año mil y regresó por los tiempos judíos donde todo es posible porque la palabra imposible no existe. Si existiera, el yidisch habría muerto y los críticos, desde la ignorancia, tendrían razón.

El último libro que leí de Isaac Bashevis Singer, además de La muerte de Matusalén, fue Amor y exilio, la primera parte de su autobiografía y quizás la única. Allí habla de sus años antes de venirse a América, de cómo se construye un escritor y se hace un hombre. Y de cómo estar conciente de la locura fortalece y permite habitar el absurdo. Supongo que escribió esta primera parte como un todo, porque de Europa a América sólo llegaron judíos polacos muertos-vivos. El resto fue vida de fantasmas. O porque, como dice Imre Kertész, después de Auschwitz, es imposible que la vida sea lo que creíamos que era. Parodiando el título del último libro de Kertész, todo se reduce a una Liquidación.

8 Comments:

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At February 1, 2010 at 9:03 AM, Blogger Lina María Contreras said...

Profesor Anjel, la verdad estoy muy interesada en sus publicaciones. Quisiera saber dónde podría comprar varios de sus libros y publicaciones, especialmente los cómics?
Muchas gracias,
Lina María Contreras
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At March 6, 2010 at 6:40 PM, Blogger bell_tran said...

Estaba tratando de buscar algún correo electrónico o algún medio para hacer contacto, con la intensión de comentarle que sigo el programa de radio "la otra historia" y disfruto mucho escucharlo con ese estilo tan natural y desprevenido. Es maravilloso todas los temas que comparte con la audiencia y la manera como nos hace reflexionar. Espero algún día lea este mensaje , cosa que es incierta por que este blog parece que no registra actividad desde hace ya varios años.
En fin,gracias por compartir,
e,

 
At October 8, 2016 at 8:47 AM, Blogger Maria Eugenia Velez said...

Buenos días. Me puede decir donde comprar el libro de los s días buenos por favor.

 
At October 8, 2016 at 8:48 AM, Blogger Maria Eugenia Velez said...

Buenos días. Me puede decir donde comprar el libro de los s días buenos por favor.

 

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