Saturday, October 16, 2004

SOBRE LAS MULTIPLES COSAS DEL CIELO

Ensayo
DE LAS MULTIPLES COSAS DEL CIELO.
(Un ensayo sobre la imaginación y la inmensidad. Y sin los artificios tradicionales).
Por José Guillermo Ánjel R.

Mis preguntas naturalistas y filosóficas dirigidas a El Cairo y Damasco fueron a parar por el camino a manos del califa almohade, un librepensador con el florido prefijo Kotb ed-Din, que significa nada menos que “estrella polar de la fe”.
Horst Stern. El hombre de Apulia.


Introducción apropiada:
Federico II, emperador de Alemania, rey de las dos Sicilias y de Jerusalén, no creía que las estrellas rigieran los destinos de los hombres ni que el infinito fuera una serpiente condenada a morderse la cola. Estas apreciaciones lo llevaron a ser tenido por ignorante, vicioso y degenerado. Cosa contraria se pensó del monje Benicio de Argento, quien en un pequeño libro sobre los cielos y las estrellas, asegura que esas luces que vemos en la noche son los infinitos ojos de Dios y que el azul del firmamento no es otra cosa que el manto que le cubre el rostro. El monje Benicio, quizás irlandés, se había alejado de los hombres y convivía con los seres invisibles. Federico II, en cambio, vivía entre pasiones mundanas y tenía un halcón que le había arrancado el corazón a un águila. También sabía de matemáticas y en su corte abundaban los herejes.

Parto de estos dos personajes para proponer dos visiones del cielo: una, que llamaríamos realista, que se fundamenta en la razón y ha convertido el cielo en un cruce de líneas y órbitas y, según Hawkins y otros, en una explosión que todavía no se detiene. Y otra que sigue viendo el cielo con los ojos de la fe, lejos de telescopios y medidas matemáticas, determinando que eso que vemos es una manifestación de lo eterno. Lo que si es claro, es que de estas dos apreciaciones no sabemos cuál es la que miente. O quizás ninguna mienta y lo que estamos enfrentando es uno de esos espejos borgianos donde lo uno se ve en relación a lo que no se ve, es decir, es necesario, para afirmar, creer en la negación de lo que se afirma.

Oscar Wilde decía que ver es encontrar la belleza del objeto que se mira. Y partiendo de esta premisa definía el buen arte como una mentira creíble y el cielo como un espacio que es necesario ver para no desesperar. Y arte y cielo serían una misma cosa: algo inmenso y susceptible de mirar eternamente porque, como aquel pintor zen que cada día encuentra en el Fujiyama un monte distinto, nunca hay un cielo igual ni un buen cuadro que se repita en la sensación que genera.

El cielo que hoy nos convoca, entonces, es la oportunidad que tenemos para encontrar el dandismo (esto de sentirse arte) de Wilde, la sed de ciencia de Federico II y la simpleza del monje Benicio. Los tres mintiendo de manera creíble, los tres acertando en la inmensidad que nos cubre.

La imaginación del cielo:
Hans Magnus Enzensberger, el escritor alemán, dice: “el azul del cielo es el lugar donde flotan los pájaros”. Y en primera instancia, esa sería una primera concepción del cielo: un lugar como el agua, repleto de peces con alas y de donde a veces cae lluvia para que se sepa que es un mar. Por eso el cielo se mueve y brilla, se atormenta y oscurece. Y hay quienes navegan por él, de isla brillante en isla brillante. Y esto de tener un mar encima es fabuloso, porque así para ir al cielo basta con ir al mar y hundirse en él para encontrase con las estrellas. Así lo hizo Alfonsina Storni, la poetisa argentina.

Para la Biblia, el cielo es la primera creación de D-s. Y de esto que fue primero se desprendió la tierra, los seres alados y los acuáticos, los árboles y los animales, el hombre y la mujer. Y como todo se desprendió del cielo, allí estaba todo: otras tierras, otras aguas, otros seres iguales a los que fueron apareciendo en el transcurso de los seis primeros días de la creación. Quizás los escritores de la Biblia tenían claro, al igual que Platón, que los prototipos de lo creado tenían origen celeste. Y por ello lo que vieron en la tierra lo encontraron perfecto en el cielo. Y esta acción, encontrar el origen de lo perfecto, los llevó a levantar la cabeza y a diferenciarse de los animales, al menos de los que no son lobos ni gatos.

En el cuadro de Rafael, La escuela de Atenas, se ve a Platón que bajo el brazo izquierdo lleva el Timeo y con el índice de la mano derecha señala el cielo. Y esta imagen no es un efecto estético sino una reflexión de Rafael en torno a la teoría e la naturaleza que se lee en ese diálogo, en el que el cielo es un orden (cosmos) y a la vez un caos, una inteligencia suprema y a la vez una profundidad insondable. Y ese cielo, llamado Urano, produce el tiempo y a los crónidas, de los que Zeus el más famoso de ellos: es el dios de los rayos y los truenos, de la lujuria y la ira y al mismo tiempo el origen de la palabra theos, de donde viene Dios, que está arriba. Este concepto de Dios arriba, en el cielo, es propio de una tierra plana que flota sobre el inmenso río océano. Y donde el abajo contiene lo que niega el cielo: el infierno, el hades donde Hefestos el cojo trata de mantener vivo el fuego, copia vil el sol y por ello sujeto a ser alimentado constantemente para evitarle la muerte.

Platón, como los babilonios, señala hacia arriba: allí están las luminarias esenciales. El sol, que rige la vida y atraviesa el firmamento en un carro tirado por caballos. Y la luna, que es mujer y por ello maga y propiciadora de la locura, capaz de convertirse en toro y de hacer aullar a los lobos. Y en ese cielo babilonio habitan los ángeles, seres alados y sin sexo porque, como dice en el Talmud, D-s los creó a todos de una vez y por eso no ya es necesario que se multipliquen. Y los creo buenos a unos y malos a otros, para que estén en batalla permanente y así el cielo no se caiga ni se presente la pasión del orgullo. Se dice que los ángeles son mil veces mil más que todas las abejas que existen en la tierra. Y que por cada ángel hay un demonio. Y por cada diablo un pecado que se puede perdonar, menos el de la traición.

Platón señala al cielo donde esta el zodíaco (las mazelot hebreas), que el astrónomo Tolomeo va a clasificar en el siglo II dotando de nombre y espacio cada constelación y creando un paso para el sol y la luna por entre esos signos que, según los astrólogos, representan la vida de las personas y los acontecimientos que la van a significar. Y la certidumbre de esta lectura es tanta que no hay príncipe o reina que no lleve consigo su carta astral, que es el tiempo y las pasiones, las riquezas y los miedos.

Para los primeros hombres sabios (porque a falta de ciencia tenían sabiduría), el cielo es un espacio que se imagina y paralelamente se usa como camino cierto: las caravanas y los marinos siguen las estrellas, los campesinos siembran y cosechan según las fases de la luna, los partos se buscan en las madrugadas, cuando sale el sol, y antes de que existiera la brújula la única orientación era las primeras luces de la madrugada. Pero cuando el cielo deja de tener valor de uso, entonces se fabula: en el cielo están los dioses, las almas de los muertos, las huríes y las valkirias, los mundos que se destruyen para volverse a crear. Sucede de todo en ese espacio que es de tiempos circulares y de asombros, que agudiza la curiosidad y lleva a crear palabras para nombrar lo que no se sabe qué es pero se imagina. Y si hay palabras, como decía Filón de Alejandría, hay cosas.

Del cielo imaginado llegaron los titanes, de cuyas cenizas (según el mito griego) nacimos los hombres. También llegó el ave Fénix y por los espacios celestes navegaron Dédalo e Ícaro, al que se le fundieron las alas por quererse acercar al sol. Y desde el cielo se precipitó el ave Roc, contra la que peleó Simbad y quizás las sirenas que le cantaron a Ulises también tuvieran su sitio en el firmamento, que no sabemos si eran mitad mujer y mitad pez o doncellas hermosas con cuerpo de pájaro. Y con ese cielo imaginado se amó la tierra y de esa cúpula nacieron los seres invisibles de los celtas y las apariciones de los occidentales, los dragones chinos y los millones de dioses que conforman el panteón del shintoismo.

El cielo religioso:
Religión viene de la palabra latina religare, que traduce volver a unir al hombre con su origen. Y en la historia de las religiones no hay ninguna que no esté ligada con el cielo, ya como lugar donde existe un D-s trascendente, ya como espacio en el que transcurre el no tiempo y por eso todo es posible que se de.

Desde la religión judía, donde D-s promete a Abraham tantos descendientes como estrellas hay en el cielo, hasta el Islam en la que el Corán es dictado por el ángel Gabriel que viene del cielo, todas tienen que ver con el firmamento. Allí está la noción de eternidad e infinitud, la seguridad de que D-s existe y de que la noche y el día no son otra cosa que la manifestación de la divinidad.

En el judaísmo, la voz de D-s proviene del cielo y Elías es robado por el espacio infinito. Para los católicos Jesús asciende al cielo, lo mismo que María. Y allí, en la inmensidad hay un lugar de paz y alegría para los justos. En el Islam, Mahoma sube hasta séptimo cielo y ve los resplandores del rostro de Alá (Dios en árabe). Para Dante, el cielo es el sitio a donde van los cuerpos purificados y los amores castos. John Milton ubica el Paraíso en el cielo, igual que Jesús en la cruz. Y como ese cielo es infinito e imposible de determinar con los sentidos, los místicos (sean cristianos, hassidim o sufíes) se deshacen del cuerpo y se convierten en luz y gozo, en anunciación y al mismo tiempo receptáculo de lo inefable: esto que no tiene palabras pero se siente, que se ve pero no se controla.

En las sinagogas, el cielo se representa con una luz eterna. Es D-s y a partir de él todo existe. En las mezquitas, el cielo está representado por un gran oasis rico en abundancia y multiplicaciones. En la Iglesia de Santa María di Fiori, en Florencia, el cielo está atrapado en una cúpula y allí, por primera vez, lo infinito es mensurable. Pasa como con el reloj que mide la eternidad que hay en la catedral de Estrasburgo donde un sin fin de pequeñas esferas se mueven y así el universo avanza. Y algo similar acontece con el botafumeiro de la catedral de Santiago de Compostela, que es un artificio que recorre el cielo y a la misma vez el tiempo. O en la Capilla Sixtina, donde Michelangelo interpreta el cielo como el espacio de la creación de todas las cosas. Goya, en la iglesia del Pilar en Zaragoza, pintó un cielo desde donde se asoma un grupo de personas para ver que sucede entre los que rezan, colocan exvotos y se confiesan.

Para las religiones, lo grande viene del cielo. La anunciación de María, el maná de los judíos en el desierto, los ángeles que limpiaron la mancha que Mahoma tenía en el corazón, la lluvia que florece en Krishna, la iluminación de Buda etc. Y algunos como los musulmanes tienen pruebas de eso que ha llegado del cielo: la piedra negra de la Caaba, por ejemplo, a la que los peregrinos le dan siete vueltas, una de ellas llamada la del demonio.

En las iglesias barrocas y en las mezquitas convertidas en catedrales, los altares y el órgano representan un cielo de la abundancia y de la iluminación áurea, labrado pacientemente en cada símbolo y significado para que las almas de los creyentes no se pierdan y puedan leer allí todas las glorias de D-s. En ese cielo de los altares, donde el mundo terreno se convierte en bienes del Paraíso, el espacio infinito es capturado de nuevo, medido y magnificado. Y cuando el sacerdote eleva la hostia y el cáliz, rememorando el amanecer que permite ver lo bello y al mismo tiempo activa la apertura de las puertas celestes, el cielo se viene hacia los creyentes y la sensación de lo finito se pierde y es reemplazado por el sentimiento de lo eterno. En las sinagogas pasa algo similar cuando el rabino o alguno de los que leen la Torá elevan el rollo al cielo y la comunidad dice Amén selá, que sea así por siempre jamás.

Los altares cristianos, el Arón HaKosdesh judío, el mijrab islámico, son ventanas al cielo cercano, a las palabras que lo definen en términos de moral religiosa y al sentir de la presencia divina. Por esto allí se levantan las manos, para que los dones del cielo entren en el oficiante y éste los reparta entre los files. Y entonces, lo celeste se asume como condición de vida y los asistentes se encuentran con el infinito. Es lo que el maestro Burckhardt define como lontananza, eso lejano que no es tan familiar porque allí está lo que queremos y la paz que ansiamos. Es el columbrar de Azorín, la mirada hacia el horizonte amado, hacia el contacto amoroso y el abrazo.

La estética del cielo.
La estética se define como el contenido y sistema de lo bello o sea de lo que presenta un orden inalterable y, en consecuencia, genera una sensación de agrado y seguridad. Teodoro Adorno significa el cielo como aquel espacio donde todo está vivo y en movimiento, pero infinitamente ordenado, y entonces escribe sobre los órdenes poéticos que son los elementos necesarios para toda creación. Y esa creación nace de la sensación de lejanía que tan bien define Walter Benjamin: lo lejano, eso que nos supera y hace estremecer. Y en ese estremecimiento, concebimos el arte, la construcción de lo bello, esto que hacemos y es copia del universo y la visión más cercana que tenemos de él: el cielo.

Ernst Peter Fischer, en La otra cultura, dice que el primero que concibió un cielo realmente estético fue Copérnico, cuando colocó al sol en medio del espacio y los demás planetas girando en torno a él. Ese mapa solar representaba a la corte del rey, a los cardenales y obispos alrededor del Papa, al hombre y las cosas que lo rodean. Luego vendría la versión del cielo de Galileo, que descentra al hombre, es decir, lo ubica en un espacio anónimo dentro del universo y así rompe con el antropocentrismo aristotélico y tolomeico , en el que el hombre era el centro del mundo y de las cosas. Sin embargo, este cielo, donde el hombre está perdido, se recupera de nuevo con Newton que si bien no reubica al hombre, si lo hace un descubridor de las leyes que rigen los objetos estelares a través de las leyes de la gravitación y de la atracción entre los cuerpos. Y esto crea una estética renovada de planetas en movimiento, de órbitas que se repiten y de cuerpos que siguen las normas establecidas por un gran relojero. Para Newton, el cielo es un gran mecanismo de relojería donde la precisión en el elemento central y cada pieza que compone el reloj un algo eterno. Es un cielo muy distinto del que aparece en las cartas de marear, donde los ángeles soplan en variadas direcciones y tras de ellos las constelaciones aparecen como el bordado de un gran telón.

En ese cielo de Newton, la lejanía de Walter Benjamín está dispuesta sobre un plano habitado por cuerpos que orbitan y al mismo tiempo giran sobre sí mismos y así producen la música de las esferas que los árabes llaman álgebra y nosotros matemáticas. Y toda esa magia y belleza la producen un reloj y un relojero. Hay mucha poesía en Newton, así como había poesía en la teoría del vacío que narra Lucrecio en De la naturaleza de las cosas. Más recursos literarios y filosóficos, me atrevo a decir, que en el mundo del horóscopo dibujado por Tolomeo.

Pero quizás el cielo estético más atrevido es la corrida de toros. Allí, en el redondel de arena que significa el universo, el día (el torero) se enfrenta a la noche de luna menguante (el toro, símbolo también babilónico). Y en un ritual donde el movimiento es la vida que trascurre entre un espacio de tiempo y otro, el día entra a matar la noche con peligro de que ésta mate al día. Los espectadores harían de estrellas; el torero con su traje de luces y de colores, de la tierra que se ve; y el toro, esa noche que se ayuda de la luna, los miedos que contiene la oscuridad. Es una lucha a muerte. No es de extrañar que el toreo fuera inventado por marinos y gente del desierto. Por los cretenses, que hicieron del minotauro un pecado desesperado y por los moros, que sabían álgebra y temían al mal de ojo.

Ya, en la estética del horror, el cielo cobra significados terribles: del cielo llegará el fin del mundo, como se lee en el Apocalipsis de San Juan y en algunas teorías de meteoritólogos que hablan de algo tan terrible como la gran bestia y los jinetes que la acompañan: la peste, la guerra, la enfermedad y el hambre. En los monstruos que crea la razón, dibujados por Goya, el cielo se plaga de murciélagos enormes, de brujas y de asquerosidades.

Así, el cielo es un proveedor de belleza, pero también de miedo. Y esto que pareciera contradecirse no lo es: todo es factible en la inmensidad que asombra, en las estrellas que aparecen y desaparecen, en la explosión que continúa y en la mensurabilidad que no sabemos exactamente cuál es porque el universo, como sostiene Isaac Asimov, se expande y se contrae como una manta raya que recorre el fondo del mar.

El cielo que se pierde:
El hombre del siglo veinte ha sido el animal que más tiempo ha vivido dentro de espacios cubiertos. Perdió las caminatas por los bulevares, las salidas a los almuerzos campestres, el recorrido en la noche para ver las estrellas y dejó de mirar al horizonte porque un muro o un edificio cortaron con esta visión. Por esto, como metaforiza Arthur Miller en Focus, se volvió miope y condenado a mirarse la punta de los zapatos evadiendo a otros. Y este hombre que mira hacia abajo dejó de mirar al cielo: el psicoanálisis lo puso a mirarse el sexo y el capitalismo empresarial el fondo de los bolsillos. Y en esta soledad de cabeza gacha, han dejado de caer cosas del cielo, ya no se ven seres invisibles y los entes volterianos del microomegas son apenas personajes de juegos virtuales.

Y si bien este hombre sale a la calle porque va al trabajo a beberse un café donde no sienta miedo, sigue mirando hacia abajo. Es Sky-line ha sido cubierto por edificios en el día y por la luz de las lámparas de la noche. La luz de la luna, en la que habitaron Drácula y Carmilla, la muerta enamorada y el Golem, se ha detenido en la coraza de las luces de neón y de mercurio. No hay cielo entonces sino avisos publicitarios, algunos travestis ausentes, muchos vehículos de techo corto y un sin fin de nubes cargadas de lluvia ácida. Y si de repente hay un cielo que mirar, los ideólogos de la posmodernidad lo han convertido en un espacio atiborrado de objetos para burgueses, de códices lingüísticos y de satélites y estaciones multinacionales espaciales que miran hacia Marte, pero ya lo ven no como un planeta ni como un díos guerrero sino como una estación más de la estructura de metal que habrá de contener ascensores y medidores de temperatura. .

En el siglo XXI, es difícil encontrar a un Giordano Bruno que riegue el jardín y vea en las flores y en las plantas la inmensidad del cosmos. O a un poeta que alcance a ver a Colombina en la luna o al Arlequín cruzando el cielo detrás de la nota de un sonido. Es difícil, digo, pero no imposible: de todo este mundo cubierto que habitamos y donde nos clonan e introducen en bases de datos, alguien podrá escapar y, como los personajes de Un mundo feliz de Aldous Huxley, levantará la cabeza, verá la inmensidad y recobrará de nuevo los asombros.

En una historia alemana, un ciego de nacimiento recobra la vista y entonces ya no ve. Al principio se siente triste por que sus dedos se han enceguecido. Pero luego vuela, vuela, vuela.

Muchas gracias.








2 Comments:

At August 17, 2011 at 9:29 AM, Blogger Victor de la Croix said...

La inmensidad constituye en sí la forma en que el hombre es capaz de soñar y llegar mucho más allá de lo que su cuerpo corruptible le permite llegar. Soñar se convierte en volar, volar se convierte en vivir y vivir cambia su calidad de verbo para ser sustantivo de una existencia amputada, una existencia que, si bien es casi real, es nula en el sentido mismo, e insignificante en el mismo Universo.

 
At October 18, 2011 at 4:00 PM, Blogger Alejandro said...

Hermoso texto creo que tal vez faltaria en este excelente recorrido historico una mención a tales de mileto

al caer Tales en un pozo después de ser llevado por una vieja mujer a ver las estrellas, ésta replicó a su pedido de ayuda: "¿Cómo pretendes, Tales, saber acerca de los cielos, cuando no ves lo que está debajo de tus pies?"

 

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